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jueves, 4 de febrero de 2021

El alma del crucifijo, “San Andrés” de Henares

“San Andrés” de Henares

Los milicianos de la FAI intentan retener los dos últimos coches de la comitiva. Y todo se aceleró. Uno de los coches logra destacarse del influjo de los milicianos y llega a Mohernando sin problemas, pero el otro quedó requisado.

En medio del desorden resaltan tres figuras: el chofer, don Pedro Aedo, que es a su vez el chofer de los marqueses de Heras, Eulogio Cordeiro, estudiante salesiano que iba a su derecha y don Andrés Jiménez que se sentaba detrás. Unos pocos minutos de la tarde nos hacen volver a lo peor de la sociedad. Y es que es difícil imaginar mayor insania moral y humana que el rejoneo que van a sufrir Don Andrés y Eulogio.

No es cierto que el lugar y el momento aguanten todo lo que les echen. También ellos se apesadumbran.

Inmediatamente aparece el insulto y la amenaza de muerte sobre los cautivos: Don Andrés y Eulogio sobre todo, por el momento.

La guerra y la muerte están aquí, se percibe en respiración jadeante, su aliento cálido, muy cerca, al lado, en este mismo coche.

Uno de los milicianos, aprovechando un momento en que las víctimas están solas se encara con ellas. Los tres permanecen alerta, en silencio, con la mirada fija en el horizonte, como la presa que advierte la cercanía del cazador.

– Tú eres cura, ¿verdad? –le espeta a Cordeiro.

– Soy estudiante –responde.

– ¿Y tú?

– Soy profesor de estos muchachos de Mohernando.

– Pues sí no sois curas –zanja–, decidlo, porque os van a matar igual.

Y el cazador no se mueve. Espera. Y la espera de lo inminente es sin duda lo peor que puede pasar. La muerte con sus botas de siete leguas ha cruzado Guadalajara, ha llegado desde Madrid o Alcalá de Henares, pero de pronto se ha detenido ante el surtidor de gasolina. ¿Qué está haciendo? ¡Reponiendo fuerzas!

Comienza una espera impotente, muda, inerte, intensa, de minutos.

Al enterarse otro miliciano de quienes son los detenidos se acerca al coche. Al ver a don Andrés le advierte:

– ¡Hombre! ¿Pero quién está aquí? ¿No me conoces?

– Pues no –observa don Andrés–. No, no recuerdo…

El diálogo enmudece alrededor del coche: cazador y presa se hallan próximos, cara a cara. El tiempo, los momentos, se funde, convirtiéndose en algo compacto y untuoso. También los rostros humanos.

– Pues yo a ti si que te conozco –destaca–. Vaya que sí te conozco. Tú eres el cura que dice misa en Mohernando, o en Yunquera, o en Humanes.

Nadie puede huir ya de este territorio, convertido en un estado de excepción jurídica, en un cráter moral en el que han desaparecido los peldaños de la civilización.

– ¡Señor, desvíe el coche hacia Madrid, vamos!

Partieron.

Les precedía un coche y les seguía otro, ambos llenos de milicianos.

Alcanzan un descampado, cerca del kilómetro 52 de la carretera de Madrid.

Empieza un momento nuevo. Otra vida, sobre todo un día distinto. Un peor viento.

El kilómetro 52 de la carretera de Madrid se va a convertir en un deslugar.

El coche de cabeza frena y bajan tres de sus ocupantes. Detrás, a unos quince metros, se detiene el coche de las víctimas y detrás el otro.

Se forma un cerco silencioso sobre los salesianos.

El cazador disfruta de su condición de cazador.

Los milicianos se abalanzan sobre los salesianos y les cachean. No advierten los objetos religiosos que Eulogio Cordeiro lleva en el bolsillo pequeño de su pantalón. A don Andrés le encuentran el crucifijo.

¡Ay, el crucifijo!

He aquí el delito. He aquí el momento.

Es el deslugar.

Es el malestar de los lugares a los que no se les ha consultado su usurpación.

El tiempo mancha los lugares, los contamina, los calcina y luego los quiere ocultar en un Alzheimer moral. Pero los lugares huyen, se descolocan, se vuelven nómadas.

Nómadas los lugares, las personas, los milicianos, los salesianos.

Nómada el kilómetro 52. ¿Dónde queda hoy el 27 de julio de 1936?

Aparece y desaparece.

Es un edema que ha cambiado de sitio en la piel de La Alcarria, en la piel del planeta.

Un corazón de tinieblas cae sobre el descampado.

El kilómetro 52 pertenece al capítulo de la caza, convertido en fatídico chantaje contra la humanidad.

En los momentos en que el kilómetro 52 de la carretera de Madrid, próximo a Guadalajara no se ve, es que está en las tripas de la civilización. Una y otra vez lo vomita.

El cazador sigue disfrutando.

Es el envés de nuestro tiempo, la historia de España pillada in fraganti, con las manos en la masa, va a tener su más excepcional testigo en Andrés Jiménez Galera. No descubro nada.

O sea.

Unos fusiles, unas escopetas, unas pistolas, herramientas sencillas como peligrosas. Sólo, sólo tienen una tecla.

Acaban de desaparecer ya todos los peldaños de humanidad.

“No matarás”, señala el quinto mandamiento. Pues no; se puede hacer una excepción, claro, por ideas.

A don Andrés le encuentran un crucifijo.

El crucifijo señala el acontecimiento y son los acontecimientos los que oscurecen las causas. El crucifijo se encuentra, sin quererlo, en su sitio: lúcido y final. Se lo intentan arrebatar, pero don Andrés se resiste. ¡Qué desafío, qué provocación!

– ¡Cura, trae el crucifijo!

Don Andrés siente el pálpito indómito, el lenguaje del dolor y del odio, que fluye por los entresijos del forcejeo con el miliciano.

Son los entresijos del ruido y la furia del engranaje histórico. Y ese es el sello del gran final: el crucifijo.

– ¡Atraviesa, atraviesa la cuneta, venga ya!

Se mudan los empujones y las patadas.

– Por Dios, ¿qué vais a hacer con nosotros? –exclama don Andrés.

A lo lejos se oye el rugido de algún camión que pone marcha larga al enfilar la carretera hacia Madrid. También se oye el pitido de algún tren remoto de mercancías que transporta planchas para el ejército, piezas para máquinas o mecánicos, pedidas para la Renfe.

La tarde se alarga y viene ya a morir en aquel descampado, en aquel gran sobresalto que es el cerebro de don Andrés.

Una voz chirría a su espalda, mientras el aliento cosquillea en su nuca:

– ¡Tira esa cruz al suelo, venga!

– ¡Cura, que tires el crucifijo!

Y precisamente porque detrás tiene aquel cañón de pistola que se empotra en su nuca, se lo llevó a los labios y lo besó una, dos, cien veces.

Don Andrés cruza ya la carretera, avanzando hacia el Henares a unos cien metros. “Todo es un error, Andrés… una mala interpretación”. Camina lentamente, pero sin titubeos. Extiende sus brazos con el crucifijo en su mano derecha. Reza en voz alta el acto de contricción:

– Yo, pecador, me confieso a Dios…

Todo se hace borroso para don Andrés, todo se llena de oscuridad, mientras siente un espantoso zumbido en las sienes. Durante un segundo, que se le hace eterno, sus rodillas tiemblan al tiempo que el corazón le envía una orden, la orden de volverse a vida o muerte y luchar. “¿Hay más?”. Claro que hay más: ocho milicianos encañonándole con sus armas. “¿Por qué?”. “¿Y lo preguntas?”. “Pues porque con el crucifijo ese destacas su furor, complicas sus pasiones”.

– ¡Por todos los santos, tira el crucifijo, cura!

Pero el cerebro está en blanco, el cerebro no envía ninguna orden a los músculos que siguen vibrando. La mano derecha de don Andrés se encierra, se contrae. Alguna pistola cae al suelo con un chasquido metálico.

Don Andrés va a volverse.

Suena una descarga de fusilería y el salesiano cae de bruces.

Uno de los cañones casi le rompe un pómulo al apretarse contra él y obligarle a volver a su posición primitiva.

La voz de un miliciano dice con siniestro sarcasmo:

– ¡Por fin!

Y adelantándose hacia su víctima le mueve el cuerpo con el pie. Después se aparta unos pasos y, por tiro de gracia, le vacía el cargador entero de su pistola.

Un camión viene a poca velocidad y acelera de pronto, con un bramido, antes de meter tercera. Aquel bramido llenó la tarde.

Por lo tanto, los disparos apenas se oyeron.

Y si se oyeron qué más da.

No hubo respuestas para don Andrés.

No hubo perdón.

Una de las balas le penetra por la nuca y le sale por la boca.

El miliciano guarda el arma. Luego susurra, con la satisfacción del trabajo bien hecho:

– Listo.

Y se vuelve hacia los demás.

Instalados en el crimen, los milicianos vuelven a las profundidades de su conciencia. Para ahuyentar sus pensamientos huyen hacia adelante. “Hay que volver a Madrid”, se dicen sin decírselo, taciturnos.

Don Andrés Jiménez muerto es una gran marca del miedo, producida por un modelo de depredación insostenible. El ruido de Madrid engulle, atrapa, olvida. Los jabalíes adoran el tumulto. Los animales huyen hacia adelante. Van a los extensos barrios de Madrid, donde no puede haber redes extendidas. Van hacia las ciudades, allí donde están los únicos lugares donde un animal salvaje puede vivir en paz.

Los milicianos molestan ya en el calvitero de La Alcarria.

Los descampados les rechazan. Además aquí no hay mucho que ver. Los espectros pueden volver. Cuando vea a un espectro, amigo Javier, procuren amigos fijarse en sus manos. En concreto en sus nudillos. Los hay que llevan tatuada la palabra “amor”, y en la otra, “odio”. Esta clase de espectros le han hecho mucho daño a España. Su máxima expresión de amor/odio ha sido comerse a otros españoles.

Por otra parte es normal que vuelvan los espectros. Hay mucho que ver. Tienen mucho que enseñar.

Vuelve un miliciano al cadáver de don Andrés para ver sus manos, sus nudillos. Están soldadas al “crucifijo”. No hay que asustarse de los espectros. Vienen ellos a ver la novedad. También hoy.

Y MI POSTDATA: Lo sé, Javier, es imposible sustituir mi sentimiento. Tan sólo recordarte que a los 7 años mi abuela Mamá Nona, cogiéndome de la mano, me llevó al Oratorio de Salesianos Atocha, diciéndome: “Ya verás, ésta será tu casa”. Su director, Don Luis Rubuano, el primer salesiano que yo conocí me regaló un librito: El joven cristiano, escrito por San Juan Bosco, con una pequeña estampa del mártir Andrés Jiménez, “para que le reces”. En memoria de los dos escribí este artículo. No he conocido otro salesiano más bondadoso que el siciliano Don Luis, ni otro santo más milagrero que el salesiano Don Andrés Jiménez, que yo llamo “San Andrés del Henares”, por tres veces me salvó la vida. El artículo es un extracto pequeño del libro Tumbas en el aire que tengo sobre la mesa, todavía inacabado. Laus Deo.

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