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lunes, 2 de noviembre de 2026

"Memoria de palomas", artículo de José Luis Masegosa para La Voz de Almería

Hay lugares que se niegan a aceptar la muerte, lugares de nuestra vida que nos sobreviven y vidas que, aún extintas, parecen habitar aquellos espacios que dejaron, tiempo ha. Uno regresa a ellos después de años y descubre que todo sigue en su sitio, como si el tiempo hubiera pasado de puntillas para no despertar a quienes un día estuvieron alli. Días atrás reencontré las parvadas de palomas que a diario picotean en las playas del Zapillo. La arena conserva su paciencia, el agua repite su viejo discurso y las palomas continúan acudiendo puntualmente a la cita, ajenas a que algunas de las manos que les daban de comer han desaparecido para siempre. En aquella playa, durante tantos dias azules, hubo unas manos que repartían pan a las aves. Las palomas conocían el ritual para que acudieran desde cualquier rincón, con ese andar presuroso y un poco cómico que tienen las aves cuando sospechan que la felicidad puede acabarse en cualquier momento. Después llegaba el vuelo, el aleteo, la pequeña ceremonia de la supervivencia. Y el mar seguía entrando y saliendo de sí mismo, sin hacer preguntas. Ahora las manos ya no están. Se han quedado en algún lugar de la memoria. Sin embargo, las palomas siguen acudiendo. Caminan por la misma arena con su persistente cabeceo. Una de ellas, de tono ceniza, zureaba al tiempo que parecía interrogar me con sus ojos de negro alfiler. Quizá no recuerden un rostro, pero aguardan un gesto. Y hay en esa espera algo que conmueve más que cualquier monumento levantado para perpetuar la memoria de los muertos. Uno se pregunta si no será así como permanecen de verdad las personas que hemos perdido: escondidas en los hábitos de las cosas, prendidas a los pequeños escenarios que compartieron con nosotros, como este rincón almeriense. No en las grandes palabras ni en las fotografias, sino en la esquina donde se detenían a mirar el mar. La muerte se lleva el cuerpo, pero no siempre consigue llevarse sus costumbres. La playa es la misma. Las palomas acudirán, como siempre, con su torpe elegancia. Y durante unos segundos, mientras picotean sobre la arena, cree-remos reconocer aquellas manos. No será una aparición, ni un milagro, ni siquiera un engaño de la nostalgia. Será algo más más humano: la vida conservando, sin saberlo, la memoria de quienes la trataron con ternura. Porque hay ausencias que no se marchan del todo. Se quedan a vivir en los lugares donde fueron felices, con la sal del aire, el rumor del agua y el vuelo de unas palomas que todavía esperan. Y uno termina por pensar que acaso morir consista también en eso: en dejar de estar, pero no dejar de pertenecer.  PARA ACCEDER A ESTE CONTENIDO U OTROS SIMILARES SUSCRÍBASE A LA VOZ DE ALMERÍA, AQUÍ.

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