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lunes, 28 de septiembre de 2026

"Reliquias de otoño", artículo de José Luis Masegos para La Voz de Almería

Ayer pude acariciar, bajo el longevo árbol de mí huerto que la ha parido, una de esas pequeñas frutas cerradas a cal y canto que esconden dentro un ejército de rubíes. Me di cuenta, entonces, que hay un momento del año en que el campo parece preparar una cesta y dejarla en la puerta de las casas. No es necesario mirar el calendario. Basta con acercarse a una huerta o abrir el cajón de una despensa. Llegan las granadas. Llegan los membrillos que perfuman su entorno. Aparecen los caquis, las azofaifas, los últimos higos y esas uvas tardías que parecen haberse quedado deliberadamente rezagadas para despedir el verano. Antes, estas cosas no eran simplemente frutas. Eran señales, sobre todo en los pueblos. El membrillo parecía decir que había llegado el tiempo de la lumbre. Las granadas esperaban sobre la mesa como un pequeño lujo doméstico. Los higos eran la despedida del calor. Y las uvas tardías tenían algo de último capítulo, como si el verano se negara a marcharse sin dejar un último racimo. El calendario de aquella vida era menos sofisticado que el nuestro, y sin embargo más preciso. Ahora tenemos calendarios digitales, aplicaciones que nos recuerdan las citas y supermercados donde hay casi de todo durante todo el año. Una granada puede aparecer en cualquier estación. Es cierto que tenemos más comodidad, pero hemos perdido algunas señales Por eso estos frutos tienen hoy algo de reliquia. Un cesto con jinjoles o azofaifas parece pertenecer a un tiempo en el que todo tenía temporada, y la temporada tenía paciencia. Entonces esperar era una forma de conocer, porque se esperaba la lluvia, la cosecha, las uvas. Y se esperaba porque no había otra alternativa. Tal vez por eso el otoño nos parece ahora un poco extraño. Y quizá por eso, cuando encontramos ahora una granada o volvemos a sentir el perfume antiguo de un membrillo, no estamos solamente ante un fruto. Estamos abriendo, sin saberlo, una puerta. Al otro lado aparecen las cocinas de la infancia, las manos de quienes ya no están y aquel mundo en el que cada cosa llegaba cuando tenía que llegar. El otoño vuelve entonces a poner su cesta sobre la mesa y comprendemos que dentro no hay solo frutas: están los nombres de nuestros muertos, el olor de nuestras casas de antes y una parte de nosotros que creíamos perdida. Porque hubo un tiempo en que el año no se medía con calendarios, sino con cosechas. Y tal vez aquella cesta, humilde y silenciosa, contenía también una forma de felicidad que no supimos guardar.  PARA ACCEDER A ESTE CONTENIDO U OTROS SIMILARES SUSCRÍBASE A LA VOZ DE ALMERÍA, AQUÍ.

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