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lunes, 14 de septiembre de 2026

"El regreso de Minuca", artículo de José Luis Masegosa para La Voz de Almería

Vivimos tiempos en los que la sensibilidad humana habita en perenne orfandad y en la que el olvido de orígenes y raíces preside la existencia de generaciones que, pese a la memoria de sus mayores, desprecia en qué lugar mundano vio la luz por vez primera y donde vivió sus días azules. Por ello, me ha impresionado la historia de Minuca, Herminia Ferreras Iglesias, una joven profesora universitaria andaluza que casi al final de su vida descubrió que, aunque hubiera vivido lejos, una parte esencial de su vida pertenecía a su tierra zamorana, a su pueblo, Rionegro del Puente que, cuarenta y cinco años después de su muerte, ha vuelto a abrazarla. Una placa en la casa de sus antepasados mantiene ahora encendida su memoria. Y es que hay lugares que un día dejamos atrás, o que incluso llegamos a desconocer, pero que esperan pacientemente hasta que algo —un viaje, una conversación, un nombre— abre la puerta de la memoria. Eso fue lo que le ocurrió a Minuca. En 1961, su familia abandonó Rionegro para comenzar una nueva vida en el Sur. La distancia borró la relación con el pueblo, aunque nunca pudo borrar del todo las raíces. El reencuentro llegó en 1979 cuando Minuca viajó a su pueblo. Allí conoció a familiares que apenas recordaba y, entre ellos, a Leopoldo Iglesias, «Polín», primo segundo que se convirtió en guía de aquel inesperado viaje hacia los orígenes. Le habló de sus antepasados, de sus historias y de los lugares donde aquella familia había dejado sus huellas. Aquellos paisajes dejaron de ser una referencia familiar para convertirse en parte de su propia identidad. Regresó a Andalucía con historias que contar y con la necesidad de compartir aquel descubrimiento con sus padres y hermanos. Desde 1980, casi veinte años después, la familia comenzó a regresar vacacionalmente a Rionegro, el pueblo que la había visto marchar volvía a recibirla. Minuca apenas pudo disfrutar de aquella nueva pertenencia. En el verano de 1981 enfermó en su pueblo y tras un corto periplo hospitalario, con tan solo treinta años, murió a mediados de septiembre. Su vida fue breve, pero aquel último descubrimiento dejó una huella profunda. Minuca encontró sus raíces. Y quizá por eso su historia habla de algo que nos pertenece a todos: de la necesidad de saber de dónde venimos, de reconocer los paisajes y las historias que forman parte de nosotros. «Aunque ya no estés aquí, la luz sigue brillando» reza la placa-recordatorio, la mejor definición de las raíces: una luz apagada que basta un regreso para que vuelva a encenderse. Minuca se encontró a sí misma. Porque hay tierras que no solo nos ven nacer. Hay tierras que, incluso cuando estamos lejos, siguen esperando nuestro regreso.  PARA ACCEDER A ESTE CONTENIDO U OTROS SIMILARES SUSCRÍBASE A LA VOZ DE ALMERÍA, AQUÍ.

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