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lunes, 21 de septiembre de 2026

"Balcones de otoño", artículo de José Luis Masegosa para La Voz de Almería

En esta última semana de septiembre, concretamente el próximo miércoles, llegará el otoño astronómico, pero alguien debería avisar al verano, pues aunque habitemos septiembre el termómetro mira para otro lado. Y es que las estaciones, como tantas otras cosas, han perdido últimamente cierta puntualidad. Sin embargo, hay una forma fiable de saber que el otoño comienza a acercarse: mirar los balcones de nuestros pueblos que durante el verano viven de par en par. Las ventanas están abiertas, las persianas levantadas y las casas parecen prolongarse hacia la calle. Hay plantas y flores por todas partes. Alguien ha dejado una silla en el balcón. Es una declaración de intenciones. La silla es uno de los muebles más democráticos que existen: sirve para descansar, conversar y observar la vida ajena sin necesidad de comprar una entrada. Pero finaliza septiembre y comienza la retirada. No hace frío, naturalmente. Este incipiente otoño tiene todavía vocación de verano. Pero un día alguien cierra la ventana durante la noche. Otro vuelve a colocar las cortinas. En otro balcón desaparece la silla y una maceta entra en casa para protegerse de las primeras noches frescas, aunque llevan días sin presentarse. Son gestos pequeños, pero en ellos está escrito el cambio de estación. Cada balcón cuenta cómo una familia recibe el otoño. Hay quien se apresura a cerrar las ventanas y quien las mantiene abiertas hasta que el frío entra sin pedir permiso. Hay balcones que conservan todas sus plantas, orgullosas de haber sobrevivido al verano, y otros donde ya comienza a notarse esa discreta operación de recogida que anuncia que la casa vuelve a ser refugio. También regresan las cortinas. Ahora vuelven a caer detrás de los cristales, suavemente, como si la casa quisiera recuperar su intimidad. Y es entonces cuando uno comprende que los balcones son una especie de calendario doméstico. Saben perfectamente cuándo toca cambiar de estación. El otoño empieza así: casi a escondidas. Y entonces sentimos una pequeña nostalgia. No sabemos muy bien de qué. Tal vez del verano que se va. Por eso, cuando estos días mire un balcón y vea una silla vacía, no pensaré que simplemente ha terminado el verano. Pensaré que alguien, en alguna casa, ha empezado a guardar un poco de la vida que durante estos meses estuvo viviendo hacia afuera. Y que el otoño, aunque todavía venga disfrazado de verano, ya ha comenzado.  PARA ACCEDER A ESTE CONTENIDO U OTROS SIMILARES SUSCRÍBASE A LA VOZ DE ALMERÍA, AQUÍ.

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