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lunes, 15 de junio de 2026

"Redes de enea", artículo de José Luis Masegosa para La Voz de Almería

La otra tarde, cuando el sol se escondía tras los ocres tejados y una tímida brisa comenzaba a recorrer las calles de mi pueblo, creía que las puertas de las casas se abrirían y las sillas de enea ocuparían su lugar de siempre en un ritual silencioso, heredado de padres a hijos, que anunciaba el inicio de la verdadera vida del pueblo, la de las noches de verano. Pero no. Las puertas no se abrieron y las sillas dormían en su interior. Acaso soñaba. Y es que hubo un tiempo en que las noches de verano no necesitaban pantallas para entretenerse. Las mujeres salían con su labor entre las manos; los hombres encontraban en aquel corro el descanso que no daba el sillón de la casa. Los niños corrían de una acera a otra, inventando juegos imposibles bajo la tenue luz de las farolas, mientras los mayores vigilaban sin necesidad de levantar la voz, porque todos los ojos eran los ojos de todos. Sobre los trenzados de aquellas sillas descansaban las alegrías y las penas. La cosecha, el nacimiento de un nieto, la boda en ciernes o la enfermedad del vecino ocupaban la conversación. Se compartían remedios caseros, consejos y hasta silencios que valían más que muchas palabras. Cada noche se tejía una red invisible, más fuerte que cualquier cable de fibra óptica. Era una red hecha de confianza, de complicidad y de afecto. Una red donde la risa de uno acababa siendo la risa de todos y la pena siempre tenía un hombro cercano.. El tiempo parecía detenerse. Los mayores hablaban de tiempos difíciles; los jóvenes aprendían sin darse cuenta, y los niños crecían respirando el valor de la convivencia. Hoy las calles permanecen silenciosas y la vida transcurre al otro lado de una pantalla iluminada. Con la desaparición de aquellas sillas se ha apagado una forma de entender la vida. Se ha perdido el saludo pausado, la charla improvisada, la solidaridad espontánea y esa sensación de pertenecer a una comunidad donde nadie estaba completamente solo. Aquella sencilla costumbre convirtió las calles en el salón compartido de todo un vecindario. Porque en aquellos corros se fortalecía el alma de los pueblos. Quizá algún día volvamos a sacar una silla a la puerta al caer la tarde. Quizá un vecino se siente al lado y nazca la conversación espontánea. Entonces comprenderemos que las mejores redes sociales nunca necesitaron cobertura ni contraseña; solo una noche de verano, una calle tranquila y unas humildes sillas de enea dispuestas a reunir, una vez más, a la vida alrededor de la palabra. Y es que mientras hubo sillas en las puertas, los pueblos tuvieron corazón en sus calles.  PARA ACCEDER A ESTE CONTENIDO U OTROS SIMILARES SUSCRÍBASE A LA VOZ DE ALMERÍA, AQUÍ.

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