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lunes, 29 de junio de 2026

"Mágicos objetos", artículo de José Luis Masegosa para La Voz de Almería

Ayer, festividad de Cuando escudriñaba el cajón de una mesilla atestado de múltiples e ignorados objetos, abrieron mis ojos a un sobre cerrado en cuyo interior me sorprendió una factura de la casa musical Leturiaga, de Madrid, fechada en 1976, relativa a la adquisición de un piano y otros instrumentos musicales. Un llavero con una guitarra en miniatura, la entrada de un concierto de Paco Ibáñez y otras cosas completaron el feliz hallazgo. Sospeché, entonces, que una vida cabe en el cajón de una mesilla. Los objetos poseen la cualidad silenciosa de resistirse al olvido. Son la memoria cuando la memoria comienza a cansarse. Andamos la existencia convencidos de que somos nosotros quienes elegimos las cosas. Sin embargo, con el tiempo ocurre exactamente lo contrario: son esas cosas las que terminan eligiéndonos a nosotros. Se acomodan a nuestra rutina y acaban ocupando un rincón de nuestra identidad. Los objetos dejan de ser posesiones para convertirse en una prolongación del cuerpo. Quizá la infancia sea el único país donde los objetos poseen alma sin necesidad de demostrarlo. Bastaba un palo para gobernar un ejército, una caja de cartón para navegar océanos. La imaginación de un niño convierte cualquier insignificancia en un tesoro irrepetible. Todavía recuerdo el crujido de los pupitres de madera de mi primera escuela. Hay sonidos que pertenecen a los objetos como el perfume pertenece a las flores. Las casas envejecen de la misma manera que las personas. No por las grietas de las paredes, sino por los objetos que permanecen cuando ya faltan quienes los utilizaban. Una mecedora vacía sigue balanceándose durante muchos años en la memoria. Hay una conmovedora fidelidad en las cosas: sobreviven a sus dueños sin hacer ruido, como perros pacientes que aguantan junto a una puerta que nadie volverá a cruzar. Tal vez por eso nos cuesta tanto vaciar una casa familiar. Desde fuera parece una operación de limpieza; por dentro es una demolición sentimental. Y es que los objetos absorbieron una parte invisible de quienes los tocaron. Al final, cuando la memoria empieza a escribir con tinta desvaída, acaso sean ellos quienes nos sostengan. Los seres humanos nacemos con las manos vacías y nos marchamos igual, pero entre una fecha y otra vamos dejando la huella de nuestros días sobre las cosas más humildes. Y quizá esa sea la forma más discreta de la inmortalidad: que un hijo o un nieto encuentre dentro de cincuenta años un objeto aparentemente inútil, lo sostenga unos segundos entre los dedos y, sin saber muy bien por qué, sienta que alguien acaba de regresar.  PARA ACCEDER A ESTE CONTENIDO U OTROS SIMILARES SUSCRÍBASE A LA VOZ DE ALMERÍA, AQUÍ.

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