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lunes, 8 de junio de 2026

"Dulces sonidos", artículo de José Luis Masegosa para La voz de Almería

En el mediodía de ayer, domingo y festividad del Corpus, acudió a mi memoria sonora el retrato de una época desaparecida por la pátina cruenta del tiempo. Y es que hay recuerdos que no se guardan en las fotografías, sino en los oídos. Cerré los ojos y escuché aquel traqueteo inconfundible de los carritos de madera de las heladeras del pueblo, avanzando lentamente mientras el verano se abría paso entre las calles y la sombra generosa de los plátanos de Indias de la plaza. No hacía falta anunciarse. El propio crujido de las ruedas y el paso pausado de María y Ana María eran suficientes para despertar la atención de aquellos niños domingueros. Aquel sonido era un pequeño acontecimiento que unía al pueblo entero. Los domingos tenían entonces un ritmo distinto. Después de misa y procesión, la plaza se llenaba de familias que paseaban sin prisas, y el carrito aparecía como un personaje más de la escena. En la festividad del Corpus Christi, cuando las calles lucían engalanadas, las heladeras encontraban bajo los árboles su mejor escaparate. Allí se formaban corrillos mientras los niños esperaban impacientes el cucurucho que parecía derretirse antes del primer bocado. Aquellas recordadas mujeres no solo vendían helados; repartían una tradición. Su oficio era también un oficio de cercanía, una forma de mantener viva la conversación en una época en la que nadie caminaba mirando una pantalla. Con ellas desaparecieron también unos sabores imposibles de reproducir, los del “chambi”. El limón sabía a limonero recién cortado; la vainilla conservaba un aroma delicado y el mantecado llevaba el secreto de unas recetas transmitidas de generación en generación. Con la desaparición de aquellas heladeras se apagó también una parte de la memoria sonora del pueblo. El silencio que dejaron sus ruedas de madera se hace notar. Y es que hay sonidos que pertenecen a una forma de vivir y, cuando desaparecen, arrastran consigo una manera de entender el tiempo. Quizá por eso, quienes conocieron aquella estampa siguen buscando, sin saberlo, el eco de aquel traqueteo en los festivos de verano. Porque no era solo un carrito lo que recorría las calles, sino una costumbre, una comunidad y una felicidad humilde que llegaba despacio, al ritmo de unas ruedas de madera bajo la sombra de los plátanos de Indias.Y es posible que el verdadero sabor de aquellos helados residiera en la espera, en la conversación compartida y en la certeza de que cada domingo volvería a escucharse, al final de la calle, el sonido más dulce de la infancia.  PARA ACCEDER A ESTE CONTENIDO U OTROS SIMILARES SUSCRÍBASE A LA VOZ DE ALMERÍA, AQUÍ.

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