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lunes, 12 de enero de 2026

"Soledad habitada", artículo de José Luis Masegosa para La Voz de Almería.

Tras las pasadas fiestas navideñas la rutina se ha apoderado de nuestros entornos, y con ella han demudado paisajes y paisanajes. Estos últimos han vestido de soledad a los otros, aunque en los pueblos la soledad tiene nombre propio. Se llama Isabel, o Carmen, o Andrés, o María, o Juan. Vive en una casa individual, con geranios en la ventana y una silla cerca de la puerta. Vive sola, sí, pero no está sola. Sale a barrer la acera aunque no haya suciedad, porque sabe que alguien pasará y dará los buenos días. Y el día, entonces comienza a ir mejor. En el campo, los mayores que viven solos conocen el silencio, pero no lo temen. El silencio allí no es abandono, es pausa. Es el tiempo suficiente para escuchar el tractor a lo lejos, el canto de un gallo que no entiende de relojes o los balidos de las ovejas. La soledad rural es una soledad habitada. En cambio, en la ciudad, la soledad se disfraza de multitud. Vive en edificios abigarrados, detrás de puertas blindadas y timbres que nadie pulsa, vecinos que suben y bajan en el ascensor sin mirarse. Hay mayores rodeados de gente que no los ve, calles llenas de pasos apresurados, bancos de plaza ocupados pero mudos. Aquí la soledad no tiene nombre; tiene prisa. Resulta paradójico que donde hay menos gente haya más compañía. En el pueblo, alguien nota si no has salido a comprar el pan. En la ciudad, puedes desaparecer durante días sin que nadie lo advierta. En el medio rural, la vida se comparte en pequeñas dosis: un saludo largo, una conversación sin reloj, una silla que se arrima a la sombra. En la ciudad, la vida se cruza, pero no se toca. Los mayores del campo saben que viven solos, pero también saben que pertenecen. Pertenecen a una calle, a una historia común, a una memoria que se recuerda en voz alta. Los mayores de la ciudad, en cambio, muchas veces viven acompañados por el ruido, pero huérfanos de conversación. Quizá la verdadera soledad no sea la ausencia de personas, sino la ausencia de vínculos. Y tal vez por eso, en los lugares donde todo parece vacío, la vida esté más llena. Mientras que en los sitios abarrotados, la soledad se sienta, silenciosa, en medio de la multitud, esperando a que alguien, por fin, la mire a los ojos.  PARA ACCEDER A ESTE CONTENIDO U OTROS SIMILARES SUSCRÍBASE A LA VOZ DE ALMERÍA, AQUÍ.

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