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lunes, 30 de marzo de 2026

"Nazarenos anónimos", artículo de José Luis Masegosa para La Voz de Almería.

Hay hombres y mujeres que solo existen una tarde-noche al año. Durante el resto del tiempo son agricultores, maestros, empleados, estudiantes, dependientes... o vecinos que se saludan al cruzar la calle del pueblo, pero cuando llega esta semana, cuando el aire huele a cera tibia y a campo recién dormido, se transforman en otra cosa, en sombra de cirial, en promesa, en silencio. Mientras el cortejo desfila, observo y medito. Nadie sabe quién es el nazareno que camina en la segunda fila, detrás del estandarte que se balancea con cierta pereza. Bajo el capirote, se pierde su rostro como se pierden los nombres en los pueblos pequeños, donde todos se conocen. Esa tarde-noche no es nadie, pero es todos. El paso avanza despacio, sin prisa. El redoble de tambor lejano se rompe en el aire frío y el murmullo del vecindario. El nazareno sostiene el cirio con las dos manos. Caminar así tiene algo de recogimiento antiguo y personal. No es exhibición ni penitencia, es un acto personal e intimo, un encuentro consigo mismo. El nazareno se detiene cuando la procesión hace lo propio, y hay un instante -siempre lo hay- en que el tiempo parece detenerse. Suele ocurrir al doblar la esquina de la Ermita Vieja, cuando tintinea la luz de los faroles. La calle Baja adormece el viento. Calla el tambor y se perciben los ecos de una lejana saeta. El nazareno no levanta la cabeza, pero escucha. Capirote adentro se vive una emoción que no sabe explicarse, un pellizco en el pecho que le recuerda que está vivo, que habita ese lugar y esas calles, esos rincones a los que cada año acude para revivir esos sentimientos y sensaciones, tan suyos y tan queridos.
Cuando se diluye el eco de la saeta, el mundo vuelve a moverse. La procesión prosigue. Los niños nazarenos no cesan de maquilar chuches entre si y se envuelven en las capas penitentes. El nazareno continúa desfilando, ya con el cirio más reducido y con sus manos cansadas prietas a la cera. Al final, cuando todo termina, el nazareno se quita el capirote. Nadie lo ve. Nadie debe verlo. Retorna a ser quien era. Mañana saludará en la calle y si alguien menciona la procesión, asentirá en silencio. Porque hay experiencias que no se cuentan. Y hay tardes-noches -una sola al año- en las que un hombre o mujer cualquiera camina sin nombre por su propio pueblo y, sin saber muy bien por qué, se siente en paz. PARA ACCEDER A ESTE CONTENIDO U OTROS SIMILARES SUSCRÍBASE A LA VOZ DE ALMERÍA, AQUÍ.

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