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lunes, 23 de marzo de 2026

"Día sin calendario", artículo de José Luis Masegosa para La Voz de Almería

A veces, la rutinaria e imprevisible vida que nos ha tocado nos impide, tan siquiera, detener las mane cillas del reloj y reflexionar acerca de cuanto hemos podido hacer y se ha quedado en barbecho. Cuando esas acciones no implican la participación de otras personas no pasa nada, pero cuando precisamos el concurso de los demás la cosa cambia. Tras varios meses sin saber de una vieja y entrañable amistad circunstancia que en los últimos tiempos me resulta harto frecuente, decidí comunicar con ella para fijar una cita. La respuesta recibida no pudo ser más elocuente: "quedamos un día". Ahí quedó mi bienintencionada pretensión. Y es que hay pocas expresiones tan nuestras, tan universalmente humanas, como ese prometedor e inútil "quedamos un día". Tal vez, la expresión nazca en un momento de entusiasmo sincero, en un encuentro fortuito o en una despedida, pero cierto es que no se trata solo de una frase, es una declaración de intenciones. En cuantas ocasiones nos hemos cruzado con alguna amistad, hemos sellado el encuentro con un "tenemos que vernos", y sin pensarlo lo rematamos con el broche de oro: "quedamos un día". Ese día, por supuesto, no existe. No figura en el calendario gregoriano, no tiene hora ni lugar, ni compromiso alguno más allá de una intención decorativa y de si alguno de los interlocutores se atreve a concretarlo, lo que rara vez sucede. Concretar implica un riesgo. Poner fecha supone invocar a los ocupados dioses de las agendas, esas crueles entidades que todo lo complican: el "ese día no puedo o el "esa semana me resulta imposible". Las palabras parecen encarnar una negociación internacional que concluye, inevitablemente, en "bueno, pues lo dejamos y ya vemos". Y tampoco vemos nada. Estas citas no celebradas se acumulan como promesas en un cajón, y las típicas frases -cuando nos organicemos, quedamos- funcionan como tranquilizantes sociales, alivian la culpa de no verse sin exigir el esfuerzo de hacerlo. Lo curioso es que muchas de estas convocatorias solo cobran vida cuando ya no son posibles. Entonces aparecen las ganas, el tiempo, la nostalgia. Mientras tanto, seguimos repitiendo el ritual. Nos encontramos, sonreímos y nos despedimos quedamos un día-con la tranquilidad de haber cumplido con la liturgia del afecto que nunca hallará un día en el calendario para manifestarse. PARA ACCEDER A ESTE CONTENIDO U OTROS SIMILARES SUSCRÍBASE A LA VOZ DE ALMERÍA, AQUÍ.

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