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lunes, 2 de marzo de 2026

"Confesor de barra", artículo de José Luis Masegosa para La Voz de Almería

Desconozco si quien ahora lee estas líneas se habrá encontrado en su vida con algún camarero que escucha más que atiende, pero sí sé que haberlos haylos. Y es que en cada barrio, en cada pueblo que se precie hay un templo sin campanas donde se dicen más verdades que en misa mayor. No huele a incienso, sino a café recién molido, a vino peleón y a fritura tempranera. Detrás del mostrador, con el paño al hombro como si fuera estola, oficia el tabernero o camarero: ese clérigo laico que absuelve pecados con una caña o un vino. El camarero no sirve bebidas: administra confidencias. Conoce el pulso del vecindario mejor que el médico del ambulatorio y el calendario sentimental mejor que la agenda del registro civil. Sabe quién dejó de pedir palomitas de anís porque el médico se lo prohibió. Ha visto promesas de amor selladas con un brindis y rupturas firmadas con la cuenta partida en dos .Hay clientes que se aposentan en la barra como quien se arrodilla en el confesionario. “Ponme lo de siempre”, dicen. El camarero asiente, inclina la cabeza y escucha. Escucha más que sirve. En su barra se cruzan los universos: el albañil que madruga y el funcionario que trasnocha; la soltera que conversa con la taza y el jubilado que arregla el país. Allí se discute de fútbol con pasión y se dictan sentencias sobre política. El camarero en cuestión tiene el don de la memoria selectiva: recuerda el nombre del perro del cliente, pero olvida — milagrosamente— aquello que no debe salir del mostrador. Su libreta no anota secretos, pero su cabeza los archiva con rigor notarial. Si hablara, el pueblo o el barrio serían una novela por entregas .El camarero practica una ética antigua: no toma partido, y una liturgia de gestos: el guiño oportuno. Tiene oído de músico y paciencia de santo. Cuando hace caja y apaga la cafetera, repasa el día y sabe que mañana regresarán las penas y las risas, los triunfos y fracasos. Y ahí estará él, dispuesto a ejercer de confesor sin sotana porque entiende que, en el fondo, todos necesitamos una barra donde apoyarnos. Porque si el templo tiene campanas, el bar tiene copas y vasos. Y en el tintinear de ese vidrio humilde late la vida entera, contada al oído de un camarero que guarda secretos con la naturalidad de quien sabe que servir es, ante todo, escuchar.  PARA ACCEDER A ESTE CONTENIDO U OTROS SIMILARES SUSCRÍBASE A LA VOZ DE ALMERÍA, AQUÍ.

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