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lunes, 17 de agosto de 2026

"Noches al fresco", artículo de José Luis Masegosa para La Voz de Almería

En las últimas semanas, cuando el calor desangraba los días en nuestra tierra, he aliviado la canícula a la vieja usanza incorporándome a ese sabio invento de las noches al fresco. Una enraizada tradición que algunos convecinos de mi pueblo se resisten a que muera en el olvido. Y aunque en la Ermita Vieja las sillas de enea ahora son bancos urbanos que precisan de cojín mullido -como el que gasta Cipriano Cruz-, butacas playeras y hasta plegables asientos a modo cinematográfico, el espíritu de tan genuina costumbre pervive intacto. Y es que hubo un tiempo en que el verano comenzaba cuando las casas abrían sus puertas y las sillas salían a la calle, en tanto que alguna mujer regaba la acera con un cubo de agua. Cada casa tenía sus sillas, algunas con el asiento vencido por los años. Se colocaban en cualquier rincón y allí se iniciaba una de las ceremonias más sencillas y hermosas de la vida rural. No había televisión que reclamara la atención, ni teléfono móvil que interrumpiera una conversación, ni mensajes pendientes de contestar. Había vecinos. Y había tiempo, un artículo de primera necesidad. Se hablaba de todo y de nada. Del calor de aquel año, de la cosecha o del precio de la almendra, y se contaban historias que ya se habían contado. Una temática que no ha cambiado, pero se echa en falta la llamada de alguien desde una ventana o el sonido apagado de una radio. Sin embargo, por encima de todo flota esa música nocturna de los pueblos de entonces: grillos, ranas, campanas benditas y el rumor del agua por la acequia. Las noches al fresco eran también una forma de saber quién era quién. La silla esperaba durante el invierno hasta que llegaba agosto y entonces comenzaba de nuevo el ritual. Pero aquellas noches han ido desapareciendo. No de golpe. Sin ruido. Pero llegaron los televisores, el aire acondicionado y los teléfonos móviles. Las calles quedaron vacías y la conversación vecinal emigró hacia las pantallas. Ahora sabemos lo que ocurre a miles de kilómetros, pero ignoramos lo que le sucede a nuestro vecino. Quizá por eso algunas personas se resisten a abandonar la costumbre como una pequeña barricada contra el olvido. Tal vez la noche al fresco sea una manera de entender la vida que estamos perdiendo. Porque el verano seguirá llegando. Seguirán cantando los grillos, y la luna continuará subiendo lentamente sobre los tejados. Pero faltará algo. Faltarán las voces y quizá entonces comprendamos que las noches al fresco servían para algo: hacer que los vecinos se sintieran vecinos.  PARA ACCEDER A ESTE CONTENIDO U OTROS SIMILARES SUSCRÍBASE A LA VOZ DE ALMERÍA, AQUÍ.

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