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lunes, 10 de agosto de 2026

"Aromas estivales", artículo de José Luis Masegosa para La Voz de Almería

Un sagaz contertulio apostó, días atrás, por hacerme una estimación uniforme del verano en cuanto a percepciones, sensaciones y emociones. Cuestión que consideré fuera de toda realidad. Hay quien sostiene que el verano tiene un color. que el verano tiene, sobre todo, un olor. Y no uno solo, cada verano huele al lugar donde aprendimos a ser felices. Las ciudades huelen a asfalto recalentado. El mar presume de sal, de algas vomitadas y de cremas protectoras. Pero hay un verano más desconocido y quizá más verdadero: el de nuestros pueblos del interior mediterráneo, donde entra por la nariz antes que por el calendario. Huele a tierra ansiada de lluvia que nunca llega, a caminos polvorientos, a tomillo, espliego y romero, ese incienso campesino que es áspero y dulce a la vez. También huele a un perfume fresco, vegetal y rojo, el de la sandia, que nadie ha logrado embotellar porque pertenece a un territorio que no contemplan los mapas el de la infancia. Asimismo huele a ropa blanca pendida de tendedero donde el sol plancha sin pedir permiso. Y es que los olores guardan una extraña autoridad sobre la memoria, pues un trato necesita que lo miremos, pe asalta sin avisar. Basta que nos crucemos con una mata de tomillo recalentada para volver a tener diez años, o tropezarnos con bicicleta abandonada, la siesta infinita y la voz de una madre llamando desde la puerta de casa. Casi siempre, entre esos olores surge un rostro. Los primeros amores también tenían perfume. Apenas se recuerdan con exactitud las palabras de aquella conversación torpe, ni el motivo de aquel primer paseo. Sin embargo, el corazón conserva intacto el olor de un cabello azabache jugando con el aire, el de una colonia demasiado inocente o el de una camisa recién lavada. Y es que quizá el amor no entre por los ojos, como aseguran los poetas. Tal vez llegue por la nariz y aguarde escondido durante décadas a la espera de que cualquier verano vuelva a abrir la sandia, a tender la misma ropa o a mover el polvo de los caminos El tiempo nos enseña que los veranos cambian. Pero hay aromas que resisten como guardianes invisibles de una felicidad que nunca supimos lo era. Por eso Por eso cada verano viajamos buscando un olor. Ese que una vez fue nuestra Porque la patria verdadera no está hecha de fronteras ni de banderas. A veces cabe en el perfume una sandia recién abierta, en una ropa tendida al sol y en un puñado de tierra cálida donde todavía sigue esperando, paciente, el niño que fuimos y el primer amor que nunca terminó de marcharse.  PARA ACCEDER A ESTE CONTENIDO U OTROS SIMILARES SUSCRÍBASE A LA VOZ DE ALMERÍA, AQUÍ.

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