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lunes, 27 de julio de 2026

"Canto del sol", artículo de José Luis Masegosa para La Voz de Almería

Uno de los últimos días de la última tanda calurosa, anduve a las postrimerías de la tarde por el paseo que conduce a la ermita de San Gregorio, en mi pueblo. Los sonidos vespertinos rememoraron las melodias de todos los veranos, aunque en esta ocasión las chicharras no cantaban. Ardian. Y es que como me contara un viejo paisano, son la voz que emite el sol cuando aprieta los dientes sobre los lomos del almen-dro. Antes de que Mariano Medina nos diera a conocer los primeros partes meteorológicos, ya estaban ellas suspendidas en la copa de un olivo o abrazadas a la rugosa corteza de un pino anunciando que el verano había llegado a su punto de ebullición. En nuestro Mediterráneo el verano no llega por el calendario, se derrama lentamente desde una sandia abierta, desde la resina que sangran los pinos y desde esa luz blanca que borra los perfiles del mundo hasta dejarlo reducido a un puñado de sombras. Y sobre esa inmensa hoguera luminosa se eleva el canto de las chicha-rras, la única orquesta capaz de interpretar una sinfonía hecha exclusivamente de calor. En las ciudades se cree que el verano es una terraza con aspersores de agua y vasos llenos de hielo; en el campo se sabe que el verano comienza cuando el silencio deja de existir. Entonces los bancales se convierten en un anfiteatro invisible donde millones de músicos diminutos ejecutan la par titura más antigua del Sur. No cobran entrada. No buscan aplausos. Llevan siglos ofreciendo el mismo concierto con una fidelidad que ya quisieran muchas instituciones culturales. De niño uno no escuchaba a las chicharras porque vivia dentro de ellas. Eran el fondo musical de las bicicletas, de los albaricoques robados al árbol, de las siestas impuestas. Hay quien las considera. un ruido. Es la misma gente que mira el mar sin escuchar las olas. El canto de las chicharras no es una melodia, es una declaración de principios: Proclaman que el sol manda, que la tierra respira y que la vida, cuando alcanza su plenitud, no sabe hacerlo en voz baja. Con los años uno descubre que las chicharras no vivian en los árboles. Vivian en la memoria. Poseen además una elegancia antigua. Cantan cuando nadie sensato saldria a cantar. Tal vez por eso representan mejor que nadie nuestro carácter, hacer de la adversidad un motivo para celebrar la vida. Porque mientras siga brotan-do desde los árboles esa vieja música hecha de sol, de polvo y de eternidad, todavía podremos creer que hay cosas que el tiempo, por mucho que avance, no ha conseguido borrar.  PARA ACCEDER A ESTE CONTENIDO U OTROS SIMILARES SUSCRÍBASE A LA VOZ DE ALMERÍA, AQUÍ.

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