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lunes, 18 de mayo de 2026

"Manos que hablan", artículo de José Luis Masegosa para La Voz de Almería

Hace unos días, pregunté a un viejo campesino por el motivo de un vendaje que cubría parte de su antemano derecha y que sin ser muy escandaloso llamaba la atención por su encalado sobre el fondo oscuro y achocolatado de la piel. Con total des-preocupación, el buen hombre confesó con sinceridad haber sufrido el impacto de una rama de almendro. Reflexioné entonces acerca de las manos de nuestros mayores que lo han hecho todo. De la mano temblorosa del "Abuelo Vitor" y de todos los abuelos. Esas manos que siempre llegaban antes que ellos. Antes que su voz, antes que su mirada cansada, incluso antes que sus pasos lentos sobre la tierra seca del campo. Eran manos grandes, ásperas, endurecidas por el sol y por los años; manos que parecían hechas de la misma materia que los olivos, la piedra y el barro. Al caer la tarde los abuelos que yo conocí se sentaban a la puerta de sus casas, apoyaban las manos sobre las rodillas y las miraban en silencio, como quien contempla una vieja herramienta que todavía resiste. Los nudillos deformados, las pequeñas cicatrices blancas que el tiempo dejó como señales de una batalla diaria. Cada marca tenía una historia. Aquellas manos habían cavado surcos interminables bajo el sol de agosto. Habían sujetado las riendas, podado ramas, recogido aceitunas y sembrado semillas con una paciencia antigua que ya casi nadie comprende. Su vida se media en cosechas, en inviernos duros y en amaneceres fríos donde el campo todavía dormía cubierto de escarcha. Como aquellos abuelos, a los de ahora las manos les tiemblan un poco. No es un temblor grande, apenas un leve movimiento al sostener el vaso de café. Los jóvenes del pueblo apenas se fijan en ellas. Miran más el teléfono que las personas. Y, sin embargo, en aquellas manos hay más verdad que en muchas palabras. Porque las manos de los mayores hablan aunque permanezcan quietas. Hablan de una generación que aprendió demasiado pronto que vivir era esforzarse. Esas manos también han acariciado, han sostenido a los hijos, han limpiado lágrimas ajenas y han buscado, torpemente, las manos de la compañera. Porque las manos endurecidas no son menos tiernas; simplemente aprendieron a querer de otra manera. En esas manos, los abuelos han visto el muchacho que fue, el hombre que trabajó sin descanso y el anciano que ahora escucha el silencio del campo desde una silla de anea. PARA ACCEDER A ESTE CONTENIDO U OTROS SIMILARES SUSCRÍBASE A LA VOZ DE ALMERÍA, AQUÍ.

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