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lunes, 4 de mayo de 2026

"Margaritas de ausencia", artículo de José Luis Masegosa para La Voz de Almería

Ayer me dispuse a cortar un ramo de margaritas naranjas, como en otros tiempos hiciera tal día, cuando percibí que las flores pesaban, no por su tallo ni por la humedad, sino por lo que ya no encuentran. Durante años, cada ramo tuvo un destino claro: unas manos que lo sostenían como si abrazaran la vida misma, unos ojos que se iluminaban con emoción. Ayer, sin embargo, las flores parecían extraviadas, como si hubieran olvidado el camino de su destino. Era el Día de la Madre, y el calendario insistió en señalarlo con la misma alegría de siempre, pero hay fechas que no entienden de ausencias, fechas que llegan, casi impertinentes, a recordarnos lo que ya no está. El silencio se hace entonces más silencio, más difícil de esquivar. El sillón continúa en su sitio. Nadie lo ha movido, acaso por respeto, tal vez por miedo. Y es que hay objetos, enseres y mobiliario que se convierten en frontera. Ese sillón conserva aún la forma de quien lo habitó durante años. En ocasiones, parece que basta girar la mirada para sorprenderla allí, sentada, con esa sonrisa tranquila que hacía de su entorno un lugar más amable. Pero no. El vacío no hace ruido, pero pesa. Pesa en las largas noches, en las comidas sin su voz, en las preguntas que ya no tienen respuesta. Y pesa, ante todo, en días como ayer, cuando el mundo entero parece celebrar lo que uno ya no puede abrazar. Y es que hay abrazos que se quedan suspendidos en el tiempo y se añoran con una precisión dolorosa. Hoy, esos abrazos se han vuelto memoria, y la memoria –cruel y caprichosa- los trae de vuelta con tal nitidez que casi duele sentir. Abrazos que no volverán, pero que siguen presentes en algún íntimo rincón, donde el tiempo no se atreve a entrar. También pesa la sonrisa. y cuando esa sonrisa se apaga el mundo pierde un poco de equilibrio. Pesan también los besos, quizá lo más difícil de aceptar. Eran cotidianos, casi invisibles en su reiteración. Nadie piensa que algo tan simple pueda convertirse en ausencia irreparable, hasta que un día lo es. Entonces daríamos todo por un beso más, uno solo. Mis margaritas han tenido que esperar. No saben que ya no hay manos que las reciban, no entienden de tumbas ni de recuerdos, pero quien las sostiene sí lo sabe porque el cariño no se acaba. Se transforma en memoria, en presencia distinta, y en medio de ese dolor, late algo que resiste: todo lo que fue, todo lo que sigue siendo a pesar de la ausencia. Uno comprende, entonces, que hay vacíos que no se llenan, pero sí se habitan. Y que, aunque el sillón esté vacío, nunca lo estará del todo. . PARA ACCEDER A ESTE CONTENIDO U OTROS SIMILARES SUSCRÍBASE A LA VOZ DE ALMERÍA, AQUÍ.

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