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lunes, 16 de febrero de 2026

"Carnaval perpetuo", artículo de José Luis Masegosa para La Voz de Almería

En estos días, mientras las calles de numerosos lugares estallan en lentejuelas y disfraces, el mundo parece entregarse con gusto a la ficción declarada. En estos escenarios, la sátira, el disfraz y la música convierten por unos días la rutina en comparsa. El calendario lo permite: es tiempo de carnaval, ese paréntesis oficial en el que todo ciudadano tiene derecho a no ser exactamente quién es. Pero hay otro carnaval -más discreto, más persistente-- que no figura en los programas festivos. Es el carnaval de la vida diaria, el que se cuela en las oficinas, en los cafés, en las redes sociales y hasta en los saludos cordiales de la vecindad. Un carnaval sin confeti visible, pero con máscaras mejor ajustadas.En el carnaval tradicional nadie se engaña; todos saben que se trata de un juego pactado. La máscara, lejos de ocultar, revela un deseo secreto: ser otro por unas horas, probar una piel distinta, sacudir el polvo de la identidad. En cambio, el carnaval cotidiano que todos habitamos funciona al revés. Aquí el traje no brilla, pero aprieta. El tabernero sonríe con una cortesía que no siempre siente; el político ensaya una cercanía que rara vez practica y el vecino presume una felicidad de escaparate. No hay música de fondo, pero sí una coreografía estudiada. Lo curioso es que, mientras el carnaval oficial termina con la llegada de la cuaresma, el otro no descansa. No necesita música. Es un carnaval silencioso en el que cada cual elige su personaje con cuidado: el fuerte que nunca duda, la autosuficiente que no necesita a nadie o el triunfador que jamás fracasa. Y así, la vida se convierte en un teatro donde el aplauso se mide en aprobaciones digitales. En el carnaval perpetuo de la personalidad, a veces olvidamos dónde termina el personaje y comienza la persona. Quizá por eso el carnaval auténtico -el de comparsas y coplas es saludable. Nos re-cuerda que la máscara puede ser un adorno y no una armadura. Solo cuando estamos disfrazados nos sentimos realmente libres. Tal vez, lo acertado no sea elegir el disfraz más ingenioso, sino atreverse a salir sin él. Porque en un mundo que aplaude la apariencia constante, mostrarse imperfecto puede ser la forma más sincera -y más valiente de celebrar el carnaval de la vida.  PARA ACCEDER A ESTE CONTENIDO U OTROS SIMILARES SUSCRÍBASE A LA VOZ DE ALMERÍA, AQUÍ.

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