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lunes, 6 de abril de 2026

"Eco de tambores" artículo de José Luis Masegosa para La Voz de Almería

Paseaba ayer tarde por el mirador de San Gregorio. en mi pueblo, donde en lontananza agonizaba la franja azul del litoral más cercano. y en un instante me senti huérfano de sensaciones, de sonidos y emociones. Y es que hay un momento, apenas perceptible, en el que todo se detiene. No ocurre durante la Semana Santa, cuando el aire vibra, cuan-do la cera ha dejado de gotear y las túnicas descansan. Es entonces cuando el silencio regresa, pero no como una ausencia, sino como una presencia nueva. Durante dias, la vida se ha medido en golpes de tambor. en el arrastre acompasado de los pies, en el murmullo de la multitud. Las calles han sido otras. Los balcones se han llenado de colgaduras y rostros, las esquinas de encuentros, y el tiempo -ese viejo enemigo- ha parecido detenerse para contemplar el paso lento de las imágenes. Y, sin embargo, todo termina.
En los pueblos, esa sensación se vuelve más intensa, donde la Semana Santa no es solo celebración sino identidad compartida. El silencio no es solo silencio: es eco. Un eco de tambores que ya no suenan, de pasos que ya no avanzan con esa lentitud que parecía sostener el mundo. De pronto, esta maña-na los pueblos y ciudades despiertan distintos. No hay olor a incienso, ni ese rumor de fondo a cada conversación. Algo falta. No se ve, no se menciona, pero se siente. La rutina regresa sin pedir permiso. El campo ha estallado. La primavera no entiende de recogimientos ni de nostalgias: brota con una fuerza casi insolente. Los almendros, los cerezos...todo parece decir que la vida continúa. Y. sin embargo, se percibe algo distinto. Quizá sea la memoria reciente. Quizá sea el cuerpo, que se ha acostumbrado a un ritmo intenso.
O tal vez sea esa forma tan humana de aferrarse a lo que, precisamente por ser efímero, se vuelve imprescindible. El silencio después de la Semana Santa no es el mismo que había antes. Es un silencio habitado. En él quedan suspendidos los últimos acordes de una banda, el brillo fugaz de una vela. Es un silencio que recuerda. Y en ese recuerdo. la vida vuelve a su cauce. No de golpe, pero si con la certeza de que, en algún lugar del calendario y del corazón, todo volverá a empezar.
Cuando se diluye el eco de la saeta, el mundo vuelve a moverse. La procesión prosigue. Los niños nazarenos no cesan de maquilar chuches entre si y se envuelven en las capas penitentes. El nazareno continúa desfilando, ya con el cirio más reducido y con sus manos cansadas prietas a la cera. Al final, cuando todo termina, el nazareno se quita el capirote. Nadie lo ve. Nadie debe verlo. Retorna a ser quien era. Mañana saludará en la calle y si alguien menciona la procesión, asentirá en silencio. Porque hay experiencias que no se cuentan. Y hay tardes-noches -una sola al año- en las que un hombre o mujer cualquiera camina sin nombre por su propio pueblo y, sin saber muy bien por qué, se siente en paz. PARA ACCEDER A ESTE CONTENIDO U OTROS SIMILARES SUSCRÍBASE A LA VOZ DE ALMERÍA, AQUÍ.

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