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lunes, 25 de mayo de 2026

"Cerezas de la dignidad", artículo de José Luis Masegosa para La Voz de Almería

Caminaba los otros dias por la entrada del pueblo, donde el maltrecho asfalto empieza a confundirse con la tierra y el aire todavía conserva ese olor antiguo a huerta y a incipiente verano. Allí encontré a Alfredo. Tiene noventa y seis años, unos ojos azules que aún brillan con picardía y una sonrisa tranquila de hombre que ha aprendido a mirar la vida sin prisas. Sentado en una silla de enea, junto a la puerta de su pequeña huerta de cerezos, espera a los vecinos bajo un cartel escrito a mano que reza: "Se venden cerezas. Del árbol a la mesa". Las cerezas, ordenadas en pequeñas cajas de madera, parecen recién lavadas por el rocio. Una pareja de inmigrantes las recoge según las indicaciones del nonagenario campesino, quien se sienta junto al camino y espera a sus improvisados clientes: jóvenes ciclistas, jubilados que pasean o despistados visitantes sorprendidos por la escena que parece de otro tiempo. Porque Alfredo no solo vende cerezas. También vende conversación. Hace diez años, cansado de ver cómo los intermediarios se quedaban con la mayor parte de las ganancias mientras el agricultor apenas cubría gastos, tomó una decisión que muchos consideraron una locura para un hombre de su edad. Desde entonces, convirtió la puerta de su huerta en una pequeña plaza. Alli se habla del tiempo, de las cosechas de antes, de los hijos que emigraron a la ciudad y hasta del precio del gasóleo. Alfredo escucha mucho y habla despacio, como quien sabe que las palabras importantes nunca necesitan correr. Los compradores lo aprecian no solo por sus cerezas, dulces y firmes como pocas, sino porque representa una forma de vivir que se resiste a desaparecer. En tiempos de prisas, pantallas, grandes superficies y supermercados impersonales, él sigue creyendo en el valor de mirar a los ojos a quien compra. Asegura que muchos le visitan porque quieren charlar un rato. Y tal vez tenga razón. Hay algo profundamente humano en ese escenario: el anciano agricultor, el humilde cartel, la sombra de los cerezos y el murmullo pausado de las conversaciones. Y es que el mercado moderno parece olvidar que el comercio también puede ser un acto de cercanía y de dignidad. Cuando cae la tarde y el calor empieza a retirarse de los campos, el nonagenario mira sus árboles como quien contempla una obra bien hecha y se despide con una sonrisa serena. Al día siguiente volverá a sentarse en el mismo lugar, bajo el mismo cartel, dispuesto a vender cerezas y, de paso, regalar un poco de humanidad.  PARA ACCEDER A ESTE CONTENIDO U OTROS SIMILARES SUSCRÍBASE A LA VOZ DE ALMERÍA, AQUÍ.

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