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lunes, 20 de julio de 2026

"Pueblos del alma", artículo de José Luis Masegosa para La Voz de Almería

Semanas atrás, mientas observaba la lengua de fuego que ha asolado parte de los términos municipales de Bédar, los Gallardos y Lubrín, pensaba en la tragedia que el siniestro ha supuesto para las víctimas mortales, sobre todo, y para los damnificados, quienes han sentido el pálpito de la amenaza extintiva de sus hogares y de sus pueblos. Recordaba, entonces, la canción de Serrat, “Pueblo Blanco”, cuya conclusión es la imposibilidad de abandonar el lugar de cada cual. Y es que todos tenemos un pueblo . Si no es el suyo, será el de su padre; si no, el de su madre; el de un abuelo o el de una bisabuela cuyo apellido todavía resiste en una lápida del cementerio. Todos venimos de algún lugar donde el tiempo aprendió a caminar descalzo. Las ciudades nos dan un domicilio. El pueblo nos da una raíz. Basta con escarbar un poco en el árbol genealógico para que aparezca un pueblo con una plaza y una iglesia donde las campanas marcan las horas con más autoridad que los relojes. Los pueblos no son una geografía. Son un estado del alma donde el tiempo tiene una duración distinta. Las noches se disfrazan de auditorios con formaciones de grillos neurasténicos que no cesan de llamar al amor con su canto, en tanto los niños convierten cualquier rincón en territorio de aventuras. Nadie sabe, entonces, que está siendo feliz porque la felicidad siempre llega transformada en costumbre. En el pueblo uno aprende los nombres de las personas antes que los de las calles. Cada vecino es un parentesco posible. Por eso todos tenemos un pueblo aunque ya no quede nadie esperándonos. Los pueblos sobreviven a las personas porque se instalan tenazmente en la memoria. Nunca olvidaremos el olor de la cocina hogareña o la esquina donde dimos el primer beso creyendo que el mundo terminaba allí. Olvidar el pueblo sería una forma de olvidar nuestra propia biografía. Allí comenzaron los afectos, las primeras pérdidas, los descubrimientos… Quizá por eso, cuando uno envejece, siente la necesidad de volver. No para recuperar un tiempo que ya no existe, sino para agradecerle que existiera. Porque, al final, todos acabamos comprendiendo que el verdadero patrimonio que heredamos es ese puñado de recuerdos que tiene el nombre de un pueblo y que seguirá viviendo mientras alguien, en una sobremesa cualquiera, empiece una frase con estas palabras: «En mi pueblo…».  PARA ACCEDER A ESTE CONTENIDO U OTROS SIMILARES SUSCRÍBASE A LA VOZ DE ALMERÍA, AQUÍ.

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