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lunes, 6 de julio de 2026

"Los veranos", artículo de José Luis Masegosa para La Voz de Almería

El verano avanza tórrido sobre el calendario y no siempre llega con el mismo talante. El sol no pregunta de quién es la casa sobre la que cae. La luz reparte sus cartas con la misma generosidad sobre un chalé y sobre un tejado de chapa. Y aparece la vida, que es mucho menos imparcial que la naturaleza, y pone a cada cual en su sitio. Hay tantos veranos como formas de ganarse la vida. Está el verano de los anuncios. Es un verano sin facturas y sin turnos de trabajo, fabricado por publicistas que han conseguido vender el descanso como si fuera un derecho universal cuando, en realidad, sigue siendo un privilegio con distintos grados de intensidad. Luego está el otro verano, el que no suele salir en las postales. El del camarero, la mujer que limpia apartamentos, el agricultor, el albañil, el repartidor que atraviesa una ciudad convertida en una sartén mientras las terrazas brindan por las vacaciones. El calor tiene una extraña capacidad para desnudar las sociedades. En invierno todos nos parecemos un poco más. Un abrigo abriga igual a un funcionario que a un peón. Pero julio es un notario implacable. Hay noches que se descansan y noches que simplemente se sobreviven. El paisaje también establece una conversación silenciosa con las diferencias sociales. Hay playas, hay barrios y hay pueblos del interior donde el verano sigue oliendo a melón abierto sobre la mesa, a higuera madura, a conversación en la puerta de casa y a campanas que marean una lentitud desconocida para las ciudades. Allí el tiempo no corre; se tumba a la sombra. Quizá por eso los pueblos conservan una pedagogía del verano que las ciudades han perdido. Pero tampoco todos los pueblos viven el mismo verano. Los hay que despiertan gracias a los hijos que regresan. Otros sobreviven con menos risas y más balcones cerrados. El verano también sirve para medir el pulso demográfico de un país. Las diferencias culturales aparecen igual-mente en los pequeños gestos. El verano conserva una pequeña rebeldía frente a todas las desigualdades. La luna refleja la misma luz para todos. Tal vez ahí resida la última lección del verano. Quizá el verano no sea la estación de la felicidad, como insiste la publicidad, sino la de la verdad. Porque cuando el país se pone las gafas de sol, las diferencias dejan de esconderse. Simplemente brillan más.  PARA ACCEDER A ESTE CONTENIDO U OTROS SIMILARES SUSCRÍBASE A LA VOZ DE ALMERÍA, AQUÍ.

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