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lunes, 13 de abril de 2026

"Yo, el beso", artículo de José Luis Masegosa par La Voz de Almería.

A veces nos encontramos gestos que parecen insignificantes hasta que desaparecen y, de pronto, nos damos cuenta de que sostenían el mundo con la ligereza de un cabello. Uno de esos gestos es el beso: silencioso, breve, casi invisible y, sin embargo, es capaz de modificar una vida entera. El calendario, aficionado a ordenar nuestras emociones, decidió hace algunos años regalarnos una jornada para todo, y la de hoy acoge el Día Mundial del Beso. Como si hiciera falta, como si los besos atendieran a agendas, como si esperaran su turno entre el día de la bicicleta y el del árbol. El beso, por suerte, es indómito. Aparece cuando quiere, se queda lo justo y se va sin pedir permiso. Y ahí radica su poder: en que no pertenece a nadie y, empero, todos creemos tener derecho a él. El beso es, además, un gesto  democrático. Los hay de todo tipo: besos de madre, besos robados, besos protocolarios que se dan como un trámite administrativo, y besos que se quedan a medio camino, pendidos en el aire, como promesas que no se atrevieron a ser. Luego están los besos torpes, esos que llegan con entusiasmo pero sin coordinación, y que suelen acabar en risas compartidas. Son, quizá, los más sinceros. Porque si algo tiene el beso es que no admite imposturas prolongadas; tarde o temprano, delata al impostor. Habitamos, no obstante, tiempos curiosos para el beso. Épocas de distancia medida. Y uno no sabe si el beso, acorralado por la prudencia, se está volviendo más valioso o más esquivo. Tal vez ambas cosas. Como todo lo que se raciona, el beso ha adquirido una dignidad nueva, una especie de solemnidad inesperada y sigue siendo profundamente humano en su imperfección. Dicen que los besos no se olvidan, como seguramente no olvidó nunca –según relato personal de los protagonistas-  una pareja de paisanos de mi vecindad a quienes su primer beso iniciático causó tal emoción que provocó el desmayo de la fémina hasta quedar sostenida en los brazos de su compañero. Yo sospecho que el olvido no es del todo cierto porque algunos besos se desvanecen de inmediato, pero otros –los menos– se afincan a perpetuidad en algún refugio de la memoria o escondrijo del corazón. Así que, si hace falta, celebremos el Día Mundial del Beso, pero sin excesiva ceremonia. Besemos con torpeza, con ganas, con ironía incluso, si se tercia. PARA ACCEDER A ESTE CONTENIDO U OTROS SIMILARES SUSCRÍBASE A LA VOZ DE ALMERÍA, AQUÍ.

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