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lunes, 5 de octubre de 2026

"Campanas de otoño", artículo de José Luis Masegosa para La Voz de Almería

Las tres campanas de la torre de mi pueblo tañeron ayer a las siete de la mañana. Llamaban a una tradición secular que aún habita el tránsito de las madrugadas dominicales de octubre: el Rosario de la Aurora. Al segundo toque llegué a la conclusión de que las campanas no suenan igual durante todo el año. Cada estación les presta una voz diferente. El tañido de primavera es más claro, casi alegre. En verano repican abiertas sobre los espacios y rincones llenos de vecinos. En invierno suenan desvestidas, más graves, como si cada campanada tuviera que vencer el frío antes de adentrarse en los hogares. Sin embargo, las campanas de otoño, como las que escuché ayer, tienen un tañido muy especial. Yo las percibí con un sonido más lento, suavemente apagado. No sé por qué. La primera campanada me pareció que caía sobre el tejado, la segunda alcanzó la plaza y la tercera entró por la chimenea. Y es que el sonido de las campanas en otoño tiene eco, aunque no es un eco que rebote en los edificios, sino otro más reservado, el de la memoria. Parece hablar del tiempo que se va. A lo mejor es porque en otoño el pueblo se desprende de sí mismo: los árboles se desnudan y las ventanas se cierran antes. La vida parece recogerse. Es entonces cuando las campanas alcanzan su protagonismo. Ahora suenan más limpio y solemne, de tal guisa que cada campanada se toma unos instantes de silencio para respirar. Tal vez por eso su tañido despierta recuerdos: nos puede regalar una mañana de la infancia, una procesión, una boda, un entierro o la voz de alguien que ya no está. Y es que desde siglos, las campanas han sido el reloj de los pueblos que han vivido pendientes del avisador de los campanarios. Ahora llevamos el reloj en la muñeca y el móvil en el bolsillo –salvo el alma de este periódico, José Luis Martínez, que lo lleva a modo de escapulario-. Una pantalla nos indica ahora cuándo levantarnos, cuándo comer…tenemos toda la exactitud posible y, sin embargo, hemos olvidado escuchar el tiempo. Por eso me gusta especialmente el tañido de las campanas de octubre, porque parece que no mide las horas sino que las pesa: una campanada, el silencio, otra campanada. Y entre las dos cabe todo lo que hemos vivido y lo que ya no volverá. Por eso cuando en un día de este otoño oigamos una campana, no deberíamos mirar el reloj. Más bien, quedarnos inmóviles y escuchar. Porque ese tañido pausado, algo tristón, no está diciendo sólo qué hora es. Nos dice que el año envejece. Y que nosotros también.  PARA ACCEDER A ESTE CONTENIDO U OTROS SIMILARES SUSCRÍBASE A LA VOZ DE ALMERÍA, AQUÍ.

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