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lunes, 22 de junio de 2026

"Olor a libertad", artículo de José Luis Masegosa para La Voz de Almería

Ayer, festividad de San Luis, comenzó el solsticio del verano, un periodo estacional que para mi generación no se atenía al calendario, sino al día en que soltábamos los libros y llegaba la libertad. Hay generaciones que recuerdan los veranos por las fotografías, yo los recuerdo por el olor. Porque en San Juan ya fluía en el aire una fragancia inconfundible, una mezcla de polvo de camino y jazmín que trepaba por los patios al caer la tarde. El verano se anunciaba por la nariz. Aquel mundo ya no existe. O quizá habita sepultado bajo demasiadas pantallas y demasiada prisa. La libertad consistía entonces en muy poco .Una bicicleta desvencijada, unos amigos silbando en la esquina y un día entero por delante sin ninguna obligación. Con esos materiales se construía la aventura: las balsas y albercas eran nuestro mar privado. Allí aprendimos a nadar, a bucear con los ojos abiertos y a desafiar el vértigo. Las bebidas se enfriaban en el agua junto a las sandias. Luego estaba la playa, un efímero privilegio que para muchos era un acontecimiento extraordinario. Se llegaba a ella con una mezcla de respeto y entusiasmo. El regreso incluía siempre la misma penitencia: la piel abrasada por el sol y una capa generosa de crema Nivea que las madres extendían sobre hombros y espaldas con una mezcla de ternura y reproche. Durante años, el aroma de aquella crema quedó asociado para siempre a la felicidad. Pero si el día pertenecía al agua, la noche era territorio de los sueños. En tiempo de trilla se dormía muchas veces al raso. Sobre nuestras cabezas se desplegaba un firmamento tan limpio que parecía recién estrenado. Antes de dormir escuchábamos el croar de las ranas en las acequias y el canto obstinado de los grillos, músicos invisibles que tocaban hasta el amanecer. Pero el silencio de entonces tenía sonido. También tenía perfume. Olía a monte, a tierra caliente y a jazmín. Sobre todo a jazmín. Había noches en que aquel aroma parecía sostener por sí solo toda la oscuridad. Y en aquellas noches también habitaron los primeros amores. Llegaban en aquellos guateques improvisados donde sonaban canciones que hoy sobreviven milagrosamente. Bastaba una mirada junto al improvisado escenario de algún rincón urbano, un paseo después del baile o un roce accidental para que el corazón se comportara de forma extraña. Eran amores más lentos. que los de ahora Entre una mirada y otra podían pasar varios días. Entre una carta y una respuesta cabía una eternidad. Tal vez por eso permanecen intactos en la memoria, conservados como aquellas sandias en el agua fresca de la alberca.  PARA ACCEDER A ESTE CONTENIDO U OTROS SIMILARES SUSCRÍBASE A LA VOZ DE ALMERÍA, AQUÍ.

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