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lunes, 26 de enero de 2026

"Lección de invierno", artículo de José Luis Masegosa para La Voz de Almería.

Semanas atrás, las ramas, antes generosas y rumorosas, de la morera que habita frente a la casa de mi pueblo se volvieron una intemperie afilada, y la noche empezó a caer con un frío que parecía calar hasta los huesos. Fue entonces cuando cuatro pequeñas vidas, casi invisibles para el trajín humano, tomaron una decisión silenciosa: mudarse. Los vi una tarde, nerviosos y resueltos, explorar los recovecos de mi morada como quien tantea un territorio nuevo. Hallaron refugio bajo el piso del balcón, un espacio humilde, estrecho, pero suficiente. Allí, donde apenas la luz es penumbra y el viento se vuelve silbido, levantaron su hogar. Desde entonces, cada anochecer los encuentro acomodándose, apretados unos contra otros, haciendo del calor compartido una muralla contra la helada. No tienen más abrigo que sus plumas ni más certezas que el amanecer. Soportan las duras inclemencias y el frío de las largas noches de este crudo invierno con. una dignidad que conmueve. El agua golpea, el viento silba, la temperatura cae, el hielo viste las calles y ellos permanecen. No hay quejas ni aspavientos; hay constancia. Hay vida que insiste. Los espío y lo que más sorprende no es solo su resistencia, sino el apego y el cariño a ese nuevo hogar improvisado. Regresan puntuales con cada ocaso, reconocen el lugar, lo defienden con la tenacidad de quien ha encontrado un sitio propio en el mundo. En ese gesto sencillo hay una verdad esencial: el hogar no siempre es un lugar hermoso, sino un sitio donde la vida logra mantenerse. Pese a su reducido tamaño y a una vulnerabilidad evidente, los cuatro gorriones demuestran una fuerza y una vitalidad que desarman cualquier prejuicio. Son pequeños, si, pero no frágiles. Son simples, pero no débiles. En su perseverancia diaria hay una valentía sin discursos, una lección que a menudo olvidamos los humanos. Quizá por eso, al observarlos todos los días, uno no puede evitar pensar en nuestros semejantes, en cómo con tantos recursos, progreso y palabras, a veces descuidamos lo esencial: resistir juntos, adaptarnos, proteger lo que amamos y seguir adelante aun cuando el paisaje se queda sin hojas. Los gorriones no predican; viven. Y en ese vivir obstinado nos ofrecen, bajo mi balcón, un ejemplo que bien valdría la pena imitar. Y es que resistir unidos también es una forma de belleza.  PARA ACCEDER A ESTE CONTENIDO U OTROS SIMILARES SUSCRÍBASE A LA VOZ DE ALMERÍA, AQUÍ.

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