lunes, 12 de octubre de 2026

"Profeta de las nubes", artículo de José Luis Masegosa para La Voz de Almería

Las últimas lluvias y los recientes cambios meteorológicos han revelado en nuestros pueblos a la sempiterna figura del particular hombre del tiempo, porque no hay municipio, aldea o villorrio que se precie que no cuente con su autóctono Mariano Medina. Nuestro predictor no sale en la televisión, no tiene mapas de isobaras ni consulta los satélites. Le basta con asomarse a la puerta, mirar un instante hacia la sierra y anunciar, con la seguridad de quien dicta una sentencia, que mañana llueve, salvo que el cretino propagandista de la avioneta rompenubes le afee su pronóstico. Nadie sabe muy bien de dónde le viene esa ciencia. Tal vez de haber pasado media vida trabajando al aire libre o de haber aprendido que las nubes también tienen su carácter y que el viento, como las personas, casi siempre acaba diciendo la verdad. El hombre del tiempo de mi pueblo distingue un cielo de lluvia de otro que solo amenaza, examina el vuelo de las aves, observa si las hormigas están aladas y mira el color de las sierras al atardecer: si son azuladas es que barruntan agua, si las nubes se refugian tras los montes sentencia que la borrasca trae el itinerario de costumbre. Cuando acierta su prestigio aumenta y pocos recuerdan sus errores, y cuando ha errado él siempre encuentra una razón: que el viento ha cambiado de dirección o que las nubes se han desviado. Justificación que le asemeja con los expertos meteorólogos. El Mariano Medina local de los pronósticos oficiales, si acaso se fía más del “fraile del tiempo”, el higrómetro inventado por Agapito Borrás , o “El Zaragozano”. Para él, la meteorología moderna tiene demasiados aparatos y poca calle. En el bar su palabra vale más que el parte meteorológico. Nadie le paga sus servicios, pero los vecinos recurren a él. Es un funcionario del cielo sin nómina ni horario. Ahora que el cambio climático parece haber puesto patas arriba las antiguas certezas, nuestro hombre del tiempo empieza a mostrarse inquieto. Las estaciones ya no son lo que eran, las lluvias llegan cuando nadie las espera y los veranos se alargan como una mala conversación. A veces mira las nubes con expresión de desconcierto, como si el cielo también hubiera perdido la palabra. Pero al día siguiente vuelve a salir a la calle, levanta la vista y examina la sierra. Después pronuncia su veredicto. Quizá no siempre acierte con la lluvia, pero hay algo que sabe mejor que los satélites: que la tierra tiene sus secretos y que todavía quedan hombres capaces de leerlos sin necesidad de una pantalla.  PARA ACCEDER A ESTE CONTENIDO U OTROS SIMILARES SUSCRÍBASE A LA VOZ DE ALMERÍA, AQUÍ.

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