Si se quiere
saber en qué situación demográfica se encuentran nuestros pueblos no es necesario acudir a los datos estadísticos o a los censos, es más fácil y entretenido andar sus calles y mirar las ventanas desde las que nos miran, pues en los pueblos, mirar por la ventana no es ejercicio ocioso sino oficio. El número de observantes nos orientará acerca de la tónica creciente o decreciente del lugar en cuestión. Hay ventanas que no se abren hacia fuera sino hacia dentro. Cada rectángulo de luz es, en realidad, un escenario. Un teatro diminuto donde la vida pasa sin pedir permiso y donde cada espectador, desde su casa, interpreta también su propio papel. En cualquier ventana de cualquier pueblo siempre podremos encontrar a la vecina que todo lo ve. No precisa reloj ni calendario; se guía por el ritmo de las persianas que se levantan. Tiene una sutil memoria para los detalles más insignificantes. Su ventana es archivo, hemeroteca y mirador. Desde all´´i teje historias con hilos reales y otros imaginados, es la narradora silenciosa de todo el vecindario. Casi a ras de calle, encontramos la ventana del niño, que no mira: espía. Subido en una silla, clava los ojos ante el misterio del mundo recién estrenado. Su curiosidad es directa y limpia. Para él cada viandante es un personaje. Si ve pasar al cartero, sueña e imagina cartas con tesoros, y si algún perro se detiene en mitad de la calle cree que puede alcanzarlo. La ventana para el niño no es costumbre: es aventura.
Otro de los usuarios de la ventana es el jubilado. Su silla tiene ya la forma de su cuerpo. Él no tiene prisa. Ha visto su calle cambiar de nombre sin cambiar de suelo. Mira sin buscar nada- Para él, la ventana no es un hueco: es un hilo que lo mantiene atado al presente. Entre todos, sin saberlo, sostienen la función. Todo ocurre sin decorado ni en-sayo, pero adquiere forma cuando alguien lo mira. Cuando la tarde cae, las ventanas se convierten en espejo. El teatro cambia de dirección: ya no se mira tanto hacia afuera como hacia dentro. La calle descansa de ser escenario. Sin embargo, mañana bastará con abrir la cortina para que empiece otra función, sin entradas ni aplausos y sin final previsto. Porque mientras haya alguien dispuesto a asomarse, la vida esa obra inacabable-siempre tendrá público. PARA ACCEDER A ESTE CONTENIDO U OTROS SIMILARES SUSCRÍBASE A LA VOZ DE ALMERÍA, AQUÍ.
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