Cuando la antesala primaveral
debería tener
mayor presencia en nuestros entornos, los días grises y lluviosos de estas danas tan poco damas demudan paisajes, hábitos y costumbres. Hay en la
mayoría de las plazas unos testigos discretos
que casi nadie mira, pero que lo ven todo. No
hablan, no opinan y no interrumpen. Permanecen quietos, soportando sol, frío, viento y
lluvia. Son los bancos. La lluvia cae esta tarde sobre la plaza y las gotas repiquetean en la
madera o en el hierro como si quisieran despertarlos de una larga siesta. Los bancos han
quedado vacíos, pero no olvidan las historias
confesas y silencios compartidos. Ellos han
suplido los improvisados asientos y poyetes
de antaño que siempre tenían nombre y figura. Estos imprescindibles del mobiliario urbano son, sobre todo, territorio de los mayores.
Estos llegan despacio, con el paso medido
por los años, y eligen el mismo sitio, como
si el banco fuera una extensión de su propia
casa. Se sientan a ver pasar la vida con una
serenidad que solo concede la experiencia.
Miran a los niños jugar donde ellos jugaron,
comentan el tiempo, recuerdan nombres que
ya casi nadie pronuncia y algunos, como los
del “Pueblo blanco”, de Serrat, “...sueñan morirse en paz... quieren morirse al sol… la boca
abierta al calor, como lagartos...”.
En estas jornadas lluviosas, los bancos
quedan vacíos de conversaciones pausadas,
vacíos de bastones apoyados en un costado y
vacíos de esa presencia tranquila de los mayores que parecen formar parte del paisaje.
En estos días los bancos parecen más largos,
más fríos, más silenciosos. Miran la plaza casi
desierta. Nadie se detiene a charlar. Y, sin embargo, los bancos esperan. Esperan como esperan los viejos amigos que saben que volverán las tardes templadas. Saben que, cuando
el sol regrese y la plaza recupere su bullicio,
aparecerán de nuevo los mismos rostros de
siempre. Llegarán con su andar pausado,
con su conversación tranquila, con sus historias repetidas que nunca cansan del todo
.Entonces los bancos volverán a cumplir su
oficio silencioso: sostener cuerpos cansados
y guardar recuerdos que nadie ha escrito. Porque si las plazas son el corazón de los pueblos,
los bancos son su memoria. Y aunque nadie
lo note, aunque nadie les dé las gracias, allí
seguirán, quietos y pacientes, mirando cómo
pasa la vida. PARA ACCEDER A ESTE CONTENIDO U OTROS SIMILARES SUSCRÍBASE A LA VOZ DE ALMERÍA, AQUÍ.
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