Tras las pasadas fiestas
navideñas la
rutina se ha
apoderado de nuestros entornos, y con
ella han demudado paisajes y paisanajes.
Estos últimos han vestido de soledad a los
otros, aunque en los pueblos la soledad
tiene nombre propio. Se llama Isabel, o
Carmen, o Andrés, o María, o Juan. Vive
en una casa individual, con geranios en la
ventana y una silla cerca de la puerta. Vive
sola, sí, pero no está sola. Sale a barrer la
acera aunque no haya suciedad, porque
sabe que alguien pasará y dará los buenos
días. Y el día, entonces comienza a ir mejor.
En el campo, los mayores que viven solos
conocen el silencio, pero no lo temen. El
silencio allí no es abandono, es pausa. Es el
tiempo suficiente para escuchar el tractor
a lo lejos, el canto de un gallo que no entiende de relojes o los balidos de las ovejas. La
soledad rural es una soledad habitada. En
cambio, en la ciudad, la soledad se disfraza
de multitud. Vive en edificios abigarrados,
detrás de puertas blindadas y timbres que
nadie pulsa, vecinos que suben y bajan en
el ascensor sin mirarse. Hay mayores rodeados de gente que no los ve, calles llenas
de pasos apresurados, bancos de plaza ocupados pero mudos. Aquí la soledad no tiene
nombre; tiene prisa.
Resulta paradójico que donde hay menos
gente haya más compañía. En el pueblo, alguien nota si no has salido a comprar el pan.
En la ciudad, puedes desaparecer durante
días sin que nadie lo advierta. En el medio
rural, la vida se comparte en pequeñas dosis: un saludo largo, una conversación sin
reloj, una silla que se arrima a la sombra.
En la ciudad, la vida se cruza, pero no se
toca. Los mayores del campo saben que viven solos, pero también saben que pertenecen. Pertenecen a una calle, a una historia
común, a una memoria que se recuerda en
voz alta. Los mayores de la ciudad, en cambio, muchas veces viven acompañados por
el ruido, pero huérfanos de conversación.
Quizá la verdadera soledad no sea la ausencia de personas, sino la ausencia de vínculos. Y tal vez por eso, en los lugares donde
todo parece vacío, la vida esté más llena.
Mientras que en los sitios abarrotados, la
soledad se sienta, silenciosa, en medio de
la multitud, esperando a que alguien, por
fin, la mire a los ojos.
PARA ACCEDER A ESTE CONTENIDO U OTROS SIMILARES SUSCRÍBASE A LA VOZ DE ALMERÍA, AQUÍ.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Los comentarios vertidos sobre cualquier entrada de este Blog, son propiedad de quien los envía. Cada cual debe de hacerse responsable de su contenido. Por favor comente con respeto y educación, gracias.