Tal día como hoy, a principios del pasado siglo, mi abuelo materno debió sufrir una gran frustración tras descubrir que el número del décimo que, supuestamente, le habría remitido desde Madrid su amigo y médico de la Casa Real, Ricardo Gutiérrez Roig, había sido agraciado con el primer premio de la Lotería Nacional, pero que nunca llegó a su destino. Un perdido décimo que fue objeto de diversas especulaciones en algunos diarios de la época. A buen seguro que mí frustrado abuelo pensaría que la lotería no es un juego de azar: es una costumbre. Y como toda costumbre, genera su propia fauna, un bestiario doméstico que reaparece con puntualidad litúrgica cada vez que se acerca el sorteo. Alrededor de la administración desfilan personajes reconocibles que cumplen su papel año tras año. Ahí está el fiel del número eterno. Compra siempre el mismo, lo heredó de su padre, quien a su vez le había legado un tío. A su lado suele aparecer la intérprete de los sueños, que elige números como quien descifra jeroglíficos. No compra números: compra mensajes del subconsciente. No falta el estadístico amateur, quien maneja tablas con la seguridad de un científico loco. Está también la compradora solidaria, que no elige números sino causas. No espera hacerse rica; aguarda no ser la única a la que no le toque cuando a todos los demás sí. En un rincón más silencioso aparece el escéptico resignado, que asegura no creer en nada pero compra por si acaso. No podemos olvidar al supersticioso ceremonial, que entra siempre con el pie derecho, evita números feos y toca el décimo con respeto. Y, por último, está el optimista absoluto, que ya ha decidido en qué gastará el premio. El día después, o sea mañana, todos estos animales sociales se reconocen en silencio. El fiel seguirá fiel, la soñadora buscará nuevas señales y el estadístico ajustará su teoría. La Lotería no cambia vidas con frecuencia, pero ordena el calendario emocional de un país. Nos da conversación, esperanza de bajo coste y una excusa anual para creer que el azar, tal vez, también nos conoce. Porque al final, más que jugar a la Lotería, lo que hacemos es jugar a la posibilidad. Y eso, mientras dure, ya es un pequeño premio. PARA ACCEDER A ESTE CONTENIDO U OTROS SIMILARES SUSCRÍBASE A LA VOZ DE ALMERÍA, AQUÍ.
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