El tío Antonio
se fue del pueblo en busca
del calor de sus
hijos emigrantes. En sus retornos hablaba
de la vida en el levante industrial español,
y decía que no la entendía. Con cierta indignación se refería al saludo rápido y rutinario de sus vecinos: siempre decían lo
mismo, ¡Ala¡, y continuaban su camino.
Casi nadie apeló a la recurrente cortesía
del buenos días, por lo que harto de tanto “ala”, una mañana respondió al saludo
de su interlocutor con contundencia: Ala,
no,! A la mierda¡. Y se quedó tan pancho.
Anda que si el tío Antonio, ya fallecido, viera cómo se evaporan los saludos de ahora.
En otro tiempo, cuando los vecinos
abrían las ventanas para comprobar si el
sol seguía ahí, el saludo era un acto sencillo y cálido: un leve gesto de la cabeza, un
“buenos días”. Había algo de pacto ancestral en esa liturgia mínima: reconocerse
para seguir viviendo juntos. Hoy ese saludo, ya sin cuerpo ni temperatura, se ha
refugiado en un rincón luminoso del móvil.
Lo enviamos con automatismo, y lo recibimos con la indiferencia plácida con que
se mira un cartel publicitario. La cortesía
digital tiene la textura de una carita amarilla. Antes, bastaba una sonrisa verdadera,
que se insinuaba apenas en la comisura del
labio. Ahora son esas máscaras redondas
—feliz, guiñando el ojo, sonrojada— las
que nos representan mejor que nuestro
propio rostro. El saludo, convertido en
un emoji, es una fragancia fugaz. El imperio de las reacciones ha simplificado la
convivencia hasta un mínimo emocional. A veces, en mitad de la tarde, uno puede
recibir un corazón flotante. No se sabe si
viene a salvar la jornada o a confundirla. Y
sin embargo, pese a su fragilidad, el saludo
virtual no deja de ser un puente. Hay una
belleza discreta en ese gesto diminuto: la
humanidad intentando seguir tocándose
sin tocarse, sustituyendo la mano extendida por un icono minúsculo que sonríe sin
labios. Quizá la cortesía no haya cambiado
tanto: sigue siendo ese pequeño intento de
iluminar el silencio. Sólo que ahora la luz
es azulada, eléctrica, y dura lo que dura la
batería. Pero mientras quede algo de carga,
seguiremos saludando. Aunque sea así: con
un emoji que parpadea un segundo y luego
se evapora en la memoria del teléfono. PARA ACCEDER A ESTE CONTENIDO U OTROS SIMILARES SUSCRÍBASE A LA VOZ DE ALMERÍA, AQUÍ.
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